NOCHE DE PAZ

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Esculapio Paz no buscaba la redención, sino un ajuste de cuentas con intereses moratorios. Para él, la Navidad nunca había sido más que un simulacro diseñado para ocultar muchas de las heridas del alma. Esa noche, su juguetería, un local de techos altos en el barrio de San Telmo, donde el aire sabía a madera vieja y a sueños oxidados, no era un templo de la infancia, sino una trinchera de rencor.
Sentado tras el mostrador de roble, Esculapio acariciaba un rifle de aire comprimido con la parsimonia de quien acecha a un acreedor histórico. La mudez de la tienda era una entidad viva, una presencia que respiraba entre las cajas de los rompecabezas sin resolver y los ojos de vidrio de las muñecas de porcelana que parecían juzgar su cordura.

—Cincuenta años, Nicolás —masculló Esculapio al aire, mientras ajustaba una guirnalda de luces que parpadeaba como un corazón asustado—. Cincuenta años esperando el camión de Duravit que nunca llegó porque, seguramente, el exceso de peso hundía tu trineo polar de burgués…

De golpe, la pequeña puerta del reloj cucú se abrió y el pájaro cantó, rompiendo el silencio con el anuncio de la medianoche. En ese instante, el techo crujió. No fue un sonido angelical; resultó un impacto seco de pezuñas contra la chapa, un estruendo de bestias cansadas de repartir felicidad a domicilio por una propina de galletas rancias. El polvo descendió de las vigas como una nieve sucia, bautizando la calva de Esculapio y cubriendo de gris el barniz de los estantes.

—¡Bajá de una vez, viejo traficante de quimeras! —rugió Esculapio, accionando el interruptor que daba vida a una batería de soldados de plomo.

Los pequeños militares empezaron a marchar con un estrépito metálico y marcial, un eco de guerras en miniatura que llenó el local. La chimenea, un vestigio de la arquitectura francesa del edificio, escupió una nube de ceniza y, entre el hollín, emergió una figura que olía a reno húmedo y a brandy barato. Santa Claus no traía paz; traía el ceño fruncido de quien ha tenido que lidiar con demasiadas chimeneas estrechas y pocos agradecimientos.

—Paz… —suspiró el visitante, sacudiéndose la casaca roja con la mano enguantada—. Siempre fuiste un niño con demasiada memoria y muy poco talento para el perdón. ¿Todavía seguís con lo del camioncito? Aquello fue un error de logística; el socialismo místico tiene sus fallas de inventario.

—¿Logística? —Esculapio se puso de pie, su sombra proyectándose contra la pared como la de un gigante herido—. Ese camión era mi única ilusión de niño en una casa donde el hambre era el plato de todos los días. No me lo trajiste, Nicolás; me condenaste a entender demasiado pronto que el cielo también tiene preferencias de clase.

—El mundo es un lugar decepcionante, hijo; yo solo soy el mensajero —replicó Santa, sacando de su saco una petaca de plata—. Pero veo que has convertido este lugar en un fuerte. Un intento muy romántico, pero terriblemente inútil.

—No subestimes el arsenal de un hombre que no tiene ya nada que perder —sentenció Esculapio.
Con un movimiento ágil, el juguetero lanzó un yoyo de madera con la precisión de una maza medieval. El proyectil pasó rozando la borla del gorro rojo de Santa, estrellándose contra un estante de globos terráqueos que empezaron a girar frenéticamente, como si el mundo mismo hubiera perdido el eje.

—¡Ataquen, mis valientes! —gritó Esculapio.

De pronto, la juguetería cobró una vida frenética y absurda. Esculapio había cableado la mitad de los juguetes de la sección de acción. Una flota de helicópteros a control remoto despegó desde los anaqueles superiores, zumbando como avispones alrededor de la cabeza del intruso. Santa, lejos de amilanarse, silbó con una potencia que hizo vibrar los cristales. Por el hueco de la chimenea descendió una pezuña, luego otra. Un reno, con ojos inyectados en sangre y el pelaje erizado por el frío del sur, irrumpió en el local destrozando una pirámide de cajas de Lego.

—¡Rudolph, posición de asalto! —ordenó el barrigón, mientras usaba su saco vacío como un escudo contra una lluvia de flechas con ventosa que Esculapio disparaba desde una ballesta de plástico.

La batalla era un delirio de colores y sonidos estridentes; Esculapio corría entre los pasillos, derribando estantes de juegos de mesa para frenar el avance del reno, que embestía contra todo lo que oliera a civilización. Las piezas de ajedrez volaban como metralla; peones y alfiles se convertían en proyectiles cínicos en manos de un hombre que disparaba verdades mientras se movía pendiente de las coces del animal.

—¡Eres un fraude manufacturado por una gaseosa! —gritaba Esculapio, mientras lanzaba un puñado de canicas bajo las patas del reno.

La bestia resbaló, llevándose por delante un expositor de Barbies que cayeron al suelo con una elegancia trágica, sus sonrisas de plástico intactas ante el desastre. Santa Claus, acorralado entre un pelotón de ositos de peluche que repetía “Te quiero” con voces distorsionadas por las baterías bajas, intentó una última maniobra.

—Esculapio, detené esta locura. El camión Duravit ya no existe, la fábrica cerró; estás peleando con fantasmas.

—Todos peleamos con fantasmas, Nicolás. Algunos los llevan en el saco y otros los guardamos en el pecho —respondió Esculapio, trepando a una escalera de mano para alcanzar un avión de hojalata que colgaba del techo.

En su afán por asestar el golpe definitivo, no vio las guirnaldas que colgaban como sogas traicioneras y sus pies se enredaron en un espumillón dorado. El equilibrio, esa cortesía de la gravedad que Esculapio ya no frecuentaba, lo abandonó de golpe. Cayó, pero no cayó solo. En su descenso se aferró al cable principal de la decoración navideña que alimentaba el inmenso árbol del centro del local. Hubo un tirón seco, un crujido de ramas de plástico y, de repente, un cortocircuito feroz recorrió la juguetería y una explosión de chispas azules iluminó el rostro aterrado de Santa y el hocico humeante del reno. El olor a plástico quemado inundó el aire y sobrevino la oscuridad más absoluta.

Un silencio de templo se apoderó del local, solo roto por el tic tac lejano del reloj cucú, sin saber que era el guardián de un tiempo que ya se había agotado. Esculapio permanecía en el suelo, recubierto por guirnaldas como un regalo mal envuelto, sintiendo el frío del piso contra su mejilla. Le dolía el cuerpo, pero más le dolía la derrota.

—¿Nicolás? —balbuceó, con la voz quebrada. Nadie respondió.

Cuando la luz regresó, la juguetería era un campo de batalla abandonado. No había rastro de Santa ni huellas en la chimenea, ni el sonido de las pezuñas en el techo. Solo quedaban los soldados de plomo abatidos, las muñecas degolladas por el azar y el rastro de una canica rodando hacia un rincón oscuro.

Esculapio se incorporó lentamente, sacudiéndose los restos de plumas de peluches destripados, que flotaban como copos de nieve en una zona de guerra. Caminó hasta el centro del local, se acercó a una de las vitrinas y miró su propio reflejo en el cristal, un hombre viejo, despeinado, con ojos de niño castigado, y apoyó la frente contra el frío del vidrio.

—Está bien, viejo estafador —dijo en un susurro que no buscaba respuesta—. Te ganaste un año de tregua, pero el próximo diciembre, más vale que traigas el camión, porque me quedan muchos juguetes con los que hacerte la guerra.

Esculapio apagó la luz principal y la juguetería volvió a ser ese refugio donde la Navidad no era más que una cicatriz que se empeñaría en volver a sangrar cada vez que el calendario se quedara sin hojas. Porque el pasado, al igual que los juguetes olvidados, nunca se destruye; solo espera en la penumbra a que alguien vuelva a darle cuerda.


© 2025 Pablo Alejandro Pedraza
Buenos Aires, Argentina
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